Ayer tuve la oportunidad de asistir a la opera por primera vez en mi vida. Mi amigo tenía pase de temporada y me invitó a ir con él a ver la obra Idomeneo, rey de Creta, de Mozart. Una nueva experiencia para mi (puedo decir que la primera vez que fui a la ópera fue contigo...:) ). Me encantó la historia (Idomeneo el rey de Creta, promete a Neptuno que si lo salva de naufragar le ofrecerá en sacrificio la primera persona que vea al llegar a tierra, es salvado y al primero que ve es a su hijo Idamante...), la música y en general el ambiente. Aunque no tengo quejas de la obra, sí que he pensado que estaría bien volverla a ver en algún teatro europeo... quizás eché en falta todo el "glamour" asociado a un evento de este tipo cuando se celebra al otro lado del Atlántico...
Luego fuimos a cenar a un restaurante cercano, y debo reconocer que lo pasé muy muy bien. Dos horas cenando en plan tranquilo, y muy a gusto. Fue mi despedida particular de mi amigo. Se marcha en pocos días, y curiosamente, a pesar de que hace tiempo que lo conozco ya, creo que era la primera vez que salíamos los dos solos... No quiero extenderme mucho hablando de las despedidas (le dedicaré la próxima entrada), solo decir que las odio, las llevo fatal, y aunque obviamente no todas me afectan igual, esta es una de las que calan hondo.
Hoy, después de volver de la cena de despedida, me tumbo en la cama y decido que no voy a pensar más en ello esta noche (por lo menos lo voy a intentar).
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